Dolores Redondo: “He encontrado criaturas que yo creía propias del Baztan en Luisiana”

La cara norte del corazón, publicada por Destino, es la precuela de la célebre “trilogía del Baztan”. Protagonizada por Amaia Salazar, una vieja conocida de los miles de lectores de la donostiarra Dolores Redondo, esta historia transcurre en el Nueva Orleans del huracán Katrina. Allí, en una ciudad inundada y prácticamente incomunicada, participa en una investigación dirigida a atrapar a “El compositor”, un asesino que actúa durante las grandes catástrofes naturales.

En La cara norte del corazón los lectores se reencuentran con Amaia Salazar, y descubrirán una parte de su pasado.
Sí, era una deuda pendiente con los lectores, algo que me apetecía mucho contar, que no tuvo cabida en la trilogía y que toca contar ahora. Tiene que ver con el momento en el que Amaia sale definitivamente de Elizondo. (Irakurri +)

Prólogo y primer capítulo de la novela “La cara norte del corazón” de Dolores Redondo

Elizondo

Cuando Amaia Salazar tenía doce años estuvo perdida en el bosque durante dieciséis horas. Era de madrugada cuando la encontraron a treinta kilómetros al norte del lugar donde se había despistado de la senda. Desvanecida bajo la intensa lluvia, la ropa ennegrecida y chamuscada como la de una bruja medieval rescatada de una hoguera y, en contraste, la piel blanca, limpia y helada como si acabase de surgir del hielo.

Amaia siempre mantuvo que apenas recordaba nada de todo aquello. Una vez que hubo abandonado el sendero, el clip en su memoria duraba solo unos segundos de imágenes repetidas una y otra vez. La vertiginosa velocidad de sus recuerdos le provocaba la sensación de un praxinoscopio de Reynaud, en el que la sucesiva repetición de estampas en movimiento terminaba por originar el efecto de absoluta inmovilidad. A veces se preguntaba si había caminado por el bosque, o quizá se había limitado a sentarse allí y a permanecer inmóvil mirando el mismo árbol durante tanto tiempo que su cerebro cayó en una especie de hipnosis, hasta grabar para siempre en su mente su silueta primitiva y maternal. Fue una mañana de domingo como otra cualquiera, en la que salió a caminar junto a su perro, Ipar, con el grupo de senderistas de Aranza al que se había unido la primavera anterior. Le gustaba el bosque, pero había accedido, sobre todo, por satisfacer a la tía Engrasi, que desde hacía meses le insistía en que tenía que salir más. Ambas sabían que no podía hacerlo por el pueblo. El último año sus itinerarios se habían ido restringiendo hasta limitarse a ir y volver de la escuela y a acompañar a la tía a la iglesia los domingos. El resto del tiempo permanecía en casa, sentada frente al fuego, leyendo o haciendo sus deberes, ayudando a la tía en la limpieza o cocinando con ella. Cualquier excusa era buena para no traspasar el umbral de la puerta. Cualquier justificación servía para no tener que enfrentarse a lo que sucedía en el pueblo. (Irakurri +)