Adelanto del libro “Mal de altura” de Aingeru Epaltza

ARISTAS

El cabo Castillo detuvo al mismo tiempo su paso y el de su tropa. Lo hizo sin pronunciar palabra, limitándose a levantar la mano, como el oficial que dirige la caba-llería en los antiguos wésterns. Sin embargo, los que ascendían por la ladera no vestían casacas azules, sino camisas rojas; tras el cabo solo marchaba una persona, Ander; y ni uno ni otro sentaban sus posaderas sobre caballo alguno. No habían transcurrido ni veinticinco minutos desde que se acabó la pista y tuvieron que seguir andando. Tiempo suficiente para hacer sudar y maldecir al máximo representante del cuerpo de la Policía Foral presente en ese lugar y en ese momento.

–Explícame, Andrés –le preguntó Castillo a Ander–. ¡Explícame por qué me ha tenido que tocar esta putada la tarde de un domingo como este! (Irakurri +)