Una historia de lealtad entre mujeres para protegerse a sí mismas y a sus familias incluso más allá de la muerte

Txertoa acaba de publicar Melocotones de viña, novela de la vizcaína Lola López de Lacalle. La historia, ambientada en la Rioja Alavesa, a caballo entre la inmediata postguerra y la actualidad, es un canto a la lealtad entre dos sencillas mujeres de campo que comparten un terrible secreto.

¿Qué va a encontrar la lectora o el lector en Melocotones de Viña?

Va a encontrar fundamentalmente una historia de solidaridad entre mujeres. En la inmediata postguerra, Pilar y Paulina, dos sencillas vecinas de un pueblo alavés, comparten un terrible secreto. Viuda una con dos hijos, después de que su marido fuese cuneteado por los falangistas, y madre de doce criaturas la otra, tejerán una urdimbre de lealtad para protegerse a sí mismas y a sus familias, incluso más allá de la muerte. Muchos años después, una nieta de ambas descubrirá, sin pretenderlo, las claves de un pacto de silencio en el que, de un modo u otro, participó todo el pueblo. Y comprenderá que Pilar y Paulina, aquellas vecinas sencillas, fueron mujeres verdaderamente extraordinarias.

La historia está ambientada en la Rioja Alavesa, muy especialmente en Laguardia. En realidad, la propia villa y el paisaje que la circunda es uno de los principales protagonistas de la novela.

Así es. Yo soy vizcaína, de Amorebieta, pero tengo raíces familiares en Laguardia, y escribir la novela me ha permitido rescatar infinidad de recuerdos de mi infancia, incluidas las historias que mi abuela me contaba, como las de aquellas carboneras que desde niñas atravesaban la Sierra de Cantabria, aun de noche y con nieve, para vender su mercancía en Laguardia, Elciego o Cenicero.

El propio título de la novela está rescatado de la memoria…

Efectivamente. Yo no sé si es muy conocido que antiguamente se plantaban melocotoneros entre las vides para detectar tempranamente el oídio. Si el melocotonero se veía afectado, podían tomar algún tipo de medidas para preservar el viñedo de los efectos devastadores del temible hongo. De modo que los melocotoneros eran, por decirlo así, los guardianes de la viña. Además, los frutos de estos melocotoneros, aunque pequeños e imperfectos, son inigualables en cuanto a sabor y aroma. Cuando mi padre me habló de esto, supe que era el símil perfecto para la historia que quería contar de Pilar y Paulina, que, como otras muchas mujeres, durante toda la vida ejercen de impenitentes guardianas de los suyos.

Es su primera novela, pero no cabe duda de que es una novela “muy hecha”.

Me alegro de que le haya producido esa sensación, porque eso quiere decir que los tres años que he dedicado a escribirla y pulirla se notan. En realidad, yo tejo historias desde pequeña, pero en mi cabeza, y no fue hasta hace apenas diez años cuando decidí que había llegado el momento de empezar a trasladarlas al papel. En todo caso, eran historias cortas, de veinte páginas, como máximo. Sin embargo, hace cuatro años, la Asociación Literaria Espíritu de la Alhóndiga (ALEA), a la que pertenezco, organizó un taller de novela, bajo la dirección de Alex Oviedo, y me apunté. Yo tenía una historia en la cabeza, con principio y fin, pero debía armarla, y el taller me permitió hacerlo. Escribía en casa y, cada semana; los textos se sometían al criterio del profesor y de los compañeros. De modo que, a lo largo de tres años, le he dado muchas vueltas. Lo que me queda es que he escrito la historia que quería. Eso y los momentos gloriosos que he vivido con mis compañeros destripando novelas, entre ellas la mía, sugiriendo cambios de voces, armando personajes o cambiando diálogos.

La presentación en sociedad de la novela tendrá lugar en Laguardia, cómo no…

Naturalmente. Será el 26 de mayo, y estoy segura de que no va a defraudar. Confío en que la novela tampoco

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