“Sentido del humor y poesía son ingredientes que nunca pueden faltar”

Eduardo Rodrigálvarez (Bilbao, 1955) no es ni mucho menos un recién llegado a la literatura, prueba de ello es que ya en los setenta formó parte del movimiento Poetas por su pueblo. No obstante, ha desarrollado su carrera sobre todo en el ámbito del periodismo, donde han sido especialmente celebrados sus artículos y libros sobre el Athletic. Ahora, sin embargo, sorprende (¡vaya que si sorprende!) con su primera novela, Cuando vengan los míos, un thriller político rebosante de humor negro. 

Bilbao, 1960. Una cuadrilla de txikiteros chirene fantasea, mientras juega al mus, con la idea de atentar contra Franco en la basílica de Begoña. Sus conversaciones entre envidos y órdagos llegan a oídos de un grupo anarquista, que un día coloca sobre el tapete la bomba que podría trocar la fantasía en realidad. Poco después, uno de los miembros de la cuadrilla, precisamente el elegido para hacer estallar el artefacto, muere en atentado. El comisario pone al frente del caso al más novato de los inspectores a su cargo, recién llegado de Medina de Rioseco. Este es el punto de partida de la novela.

A partir de ahí, ¿qué se va a encontrar el lector en Cuando vengan los míos?

Me gustaría que fuese encontrando sorpresas, giros, humanidad, maldad, melancolía… en una Bizkaia de comienzos de los sesenta, en pleno franquismo, contra el que el único antídoto parecía ser el alcohol.

¿Es un thriller, un thriller político, una novela de humor negro…?

Pues todo a la vez. Desde el principio me planteé seguir el modelo unamuniano de dejar que los personajes fueran dirigiendo la novela y socorrerles solo cuando dieran algún traspiés o toparan con un callejón sin salida. La historia nació como un thriller, pero no solo como un thriller. Los personajes de la cuadrilla necesitaban expresarse en un escenario, del que eran víctimas. Y sobre todo debían ser personajes anónimos que solo adquirían la voz y la palabra a través del vino de la Alhóndiga o del anís, y se comportaban como balas de fogueo. Hasta que la cosa se pone seria. El humor debería ser una asignatura obligatoria. No concibo nada que no incluya el sentido de humor por dura que sea la circunstancia. Incluso el terror lleva implícito el sentido del humor. Yo se lo he adjudicado principalmente a la voz de la conciencia del inspector Anselmo Vela, un atípico muchacho atrapado entre su querencia por el orden y la sensibilidad. Sentido del humor y poesía son dos ingredientes que nunca pueden faltar, en mayor o menor medida, en todo lo que hago (bien o mal).

No es una novela histórica pero sí que está anclada en dos episodios históricos: los sucesos de Begoña de 1942, por los que fue fusilado el falangista Domínguez Muñoz, y los atentados del DRIL de 1960, que costaron la vida en Donostia a la niña Begoña Urroz.

Sí, hay un punto de inspiración en esos dos hechos históricos. Lo de Begoña me pilla geográficamente cerca, aunque el suceso concreto está bastante olvidado. Lo del DRIL fue un caso oscuro de guerra sucia. La novela, modestamente, claro, pone en evidencia las cloacas del Estado, que no las ha inventado Villarejo.

¿De dónde ha sacado semejantes personajes? Madame, el Dandy, el Químico, el Púrpura

Primero los definí y, la verdad, salieron con naturalidad. Después les puse el apodo y, finalmente, el nombre. Eso me permitía ir jugando con apodos y nombres, enredando y desenredando la madeja.

Bilbao, concretamente el Bilbao de los años 60, es quizá el personaje central de la novela. Aunque no sea una novela histórica, sin duda ha tenido que esmerarse para reconstruir los ambientes de la época, particularmente el Casco Viejo y la Palanca.

Esa ha sido la parte más difícil, porque era también la más proclive al error. Yo soy de Atxuri, pero, por edad, mi conocimiento del Casco Viejo y, por supuesto, la Palanca de aquella época no iba más allá de una vaga idea. Solo contaba con las fotos fijas de un mocoso que apenas recordaba los discursos de los borrachos o los karramarros que vendían los domingos las pescateras en los soportales de la calle de la Ribera. De modo que, aunque la localización de exteriores, que dirían en el cine, fue relativamente sencilla, retrotraerla a la época me supuso un importante esfuerzo.

¿Es un Bilbao que se fue para siempre o que sigue subyaciendo en el actual y se lo encuentra uno a la vuelta de la esquina cuando menos se lo espera?

Para que una ciudad se vaya para siempre, tiene que ser totalmente destruida y, aun así, quedará la genética de sus habitantes pululando en el ambiente. Y el Bilbao oscuro, cabizbajo, incluso un poco meapilas, que diría Blas de Otero, aparece con asiduidad en cada barrio, porque es allí donde más tarda en llegar la innovación, y así van conviviendo la arteria central con las venas gordas de los viejos tiempos. De todos modos, es verdad que el cambio en Bilbao ha sido sin duda profundo.

A lo largo de la novela, lo mismo que películas y poemas, cita diversos platos, todos ellos modestos, como la porrusalda o las patatas en salsa verde. Hay una descripción de cómo se prepara una ensaladilla rusa que incluso conmueve. ¿Es un homenaje a la cocina popular o una parodia de la gastronomía sofisticada (y de los autores que incluyen sus recetas en sus novelas)?

No, no, en eso no hay broma que valga. He elegido esos platos porque son de toda la vida y a mí me apasionan. Además, ¿se puede concebir un libro, del tipo que sea, una novela o un manual sobre el tendón rotuliano, en el que no haya una mención a la gastronomía?

A la gastronomía y, al menos en su caso, también al Athletic…

No me hubiera perdonado no citar al Athletic, aunque, la verdad, su presencia es tangencial, pero no me he resistido a recordar a Zarra, a Uriarte y a los grandes “soldadores” de la Margen Izquierda a los que tanto admiraba el Dandy.

Usted es conocido fundamentalmente por su trabajo periodístico, pero su relación con la literatura se remonta al menos a los tiempos de Poetas por su pueblo.

Sí, ha sido una relación bastante… tormentosa. Al principio, bien, con ese aura de hippies poéticos, todo muy grandilocuente y a la vez muy ligth. Pero al final, al menos en mi caso, siempre se imponía la profesión de periodista a la vocación literaria. Y la novela, el cuento o lo que fuera iba quedándose atrás. Por eso digo que, aunque es verdad que esta es mi primera novela, debe ser la novela a la que más vueltas se le ha dado nunca en la cabeza. En cuanto a Poetas por su pueblo, aquella efervescencia inicial finalizó, claro, pero la revista Zurgai, que editábamos cuando la Ría era la Ría, y a la que se pronosticó un corto recorrido, ha subsistido durante décadas, hasta que murió mi primo Pablo González de Langarika.

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