Adelanto de la novela “Bajo el faro” de Heine Bakkeid

SIETE MINUTOS

A las cinco y tres minutos llega el arrepentimiento. Un sentimiento de pánico que me atraviesa el cuerpo mientras jadeo e intento respirar. Tiemblo, tirito y sacudo las piernas para soltarme, sin éxito.

Dos minutos más tarde, las bocanadas de desesperación han remitido por fin. Reparo en que ya no necesito oxígeno, y que pendo de un hilo mientras mi cuerpo se va apagando por partes.
A las cinco y ocho minutos oigo el agua caer con fuerza contra las baldosas bajo mis pies. Un ruido ronco se me escapa de la garganta y por las mejillas me caen lágrimas o vapor de agua, y se llevan por el desagüe lo que queda de mí. Me muero de frío.

Allí está ella. Justo delante de mí, tan gris como el resto de la estancia. Me entran ganas de reír, de gritar de la alegría de verla de nuevo. Intento abrir la boca para decírselo, decirle que esto es lo más feliz que puede sentirse una persona. En lugar de eso oigo un crujido, y un segundo después estoy en el suelo. El agua de las duchas de la cárcel me cae en la cara mientras la manecilla negra del reloj de pared avanza un poco más.

Las cinco y diez.

MIÉRCOLES

1

Stavanger es la ciudad de las cacas de perro blandas. Salen del suelo como setas de asfalto y lo colorean todo a su humilde manera con tonalidades de marrón cuidadosamente escogidas.
Piso otra seta de asfalto y camino deprisa por Pedersgata hacia el centro. Antes, la oficina de empleo era una sala abierta rodeada de ventanales en un bajo que daba a Klubbgata y al lago Breiavatnet. Así, los viandantes podían mirar a aquellas criaturas lamentables que intentaban esconderse a la desesperada de vecinos y conocidos detrás de plantas de plástico, paneles y lámparas de pie mientras explicaban por qué habían perdido su trabajo. Esta puesta en escena de los individuos asociales ha cambiado de nombre y de local desde la última vez que estuve en la ciudad y ahora está en el edificio de al lado, que tiene una decoración más tradicional.

Saco turno de una máquina dispensadora y me siento en un sofá rojo en una sala sin ventanas ni oxígeno, una especie de búnker por encima del nivel de calle donde el olor a sudor, a pedo y a fracaso que emana de los presentes embriaga los sentidos desde el preciso instante en el que abro la puerta. Estoy rodeado de gente, pero apenas se oye nada. Solo un ligero zumbido y un tecleo esporádico rompen el silencio.

—¿El treinta y ocho?
Una orientadora laboral asoma la cabeza por una puerta abierta y barre con la mirada la sala de espera. En cuanto me acerco lo suficiente, me da un lánguido apretón de manos y me invita a pasar.
—Soy Iljana — se presenta con un fuerte acento de Europa del Este y se apoltrona en la silla—. Siéntese, por favor.
—Gracias — le digo, y me siento.
Iljana tiene el pelo negro y liso recogido en un moño bajo. Lleva un vestido gris claro con grandes botones negros como los que se usaban para hacer los ojos de los peluches antiguos.
—¿En qué puedo ayudarlo?
Le doy mi número de la seguridad social e Iljana se vuelve y teclea.
—¿Thorkild Aske?
—Eso es.
—¿Se ha registrado alguna vez como demandante de empleo?
—No.
Le acerco la carta que me dio el asistente social de la cárcel de Stavanger.
Iljana se inclina hacia el escritorio y la pantalla del ordenador mientras la lee. Cuando termina, sonríe sin mucho entusiasmo. Tiene los dientes pequeños, demasiado pequeños, casi parecen de niña, y los ojos grises como el vestido.
—Muy bien, Thorkild. — Se apoya las manos sobre el regazo—. El asistente social de la cárcel dice que ha decidido usted participar en una oferta interdisciplinar de ayuda para reinsertarse en la sociedad. Y eso está muy bien.
Pone especial énfasis en la palabra bien, y sonríe de nuevo.
Asiento con la cabeza.

—He asistido a una reunión con el Servicio Correccional Noruego, que me ha encontrado piso, un psiquiatra y un médico de cabecera, y he hablado con distintas unidades de formación. Entre todos me han ayudado a crear un grupo de apoyo con el que hablar del pasado y hacer planes de futuro para dejar atrás mi carrera delictiva. Yo diría que estoy casi rehabilitado al cien por cien.
No le ve la gracia a lo que digo y se vuelve a girar hacia la pantalla del ordenador.
—Tiene formación policial. — Sigue mirando la pantalla mientras habla—. Inspector de policía, primer oficial, voluntario de los Organismos Especiales de Investigación, funcionario en la Oficina de Investigación de Asuntos Policiales.
Titubea, se pasa la punta de la lengua por los dientecillos y se vuelve a girar hacia mí. Me adelanto.
—La policía que persigue a la policía.
—Claro. — Asiente—. Entonces, lo más natural es que busquemos un trabajo en el mismo campo cuando esté preparado, ¿verdad?
Le devuelvo la sonrisa.
—Perdí la plaza — le digo, y siento que el dolor en las mejillas y el diafragma amenaza con volver. Además, tengo la boca tan seca que me cuesta hablar.
—¿Cómo dice?
Abro la botella de agua y echo un trago. Espero que el agua me haga sentir mejor.
—Que en el juicio también me expulsaron.
—¿Durante cuánto tiempo?
—Toda la vida — le respondo, y vuelvo a cerrar la botella que después pongo en el suelo, al lado de la silla. Los pinchazos que siento por dentro de los carrillos están a punto de convertirse en un fuerte martilleo—. Y todavía un poco más.
—Pero entonces, ¿a qué piensa dedicarse?
—Eso es lo que esperaba que me dijera usted.
Vuelvo a coger la botella de agua, la sujeto con fuerza con las manos. Los dolores, el olor, la luz, la falta de oxígeno y tener que estar aquí sentado hablando con otra desconocida, otra persona con responsabilidad, me altera. Siento la necesidad imperiosa de estar solo en una habitación sin superficies reflectantes. Al mismo tiempo, sé que este trance es necesario para pasar página. Ulf dice que no hay otra manera.
Iljana vuelve a mirar la carta y luego se gira de nuevo hacia la pantalla.
—Aquí dice que desearía solicitar un subsidio de desempleo mientras reciba tratamiento médico, ¿no es cierto?
Asiento con un cabeceo.
—Todavía no se ha llegado a un acuerdo sobre cuántas horas puedo trabajar después del… — digo, y dibujo unas comillas con los dedos— «accidente laboral». De todas formas, tanto yo como mi asistente social en la cárcel, el personal del hospital, el sacerdote, mi médico de cabecera, el psicólogo y mi amigo psiquiatra hemos decidido que me esforzaré por intentar reincorporarme a la vida laboral cuanto antes.
—¿Accidente laboral?
—¿No consta por ahí en alguna parte? — pregunto, y señalo la carta—. El sujeto Thorkild Aske intentó colgarse de una tubería en las duchas comunes varios meses después de su entrada en prisión. En medio de las vacaciones de invierno, además.
—¿Qué pasó?
—Se rompió la tubería.

Iljana se me queda mirando como si temiera que de un momento a otro fuera a atacarla o a autolesionarme con uno de los plátanos de plástico que hay en el bol de su escritorio.
—Bueno… — Titubea. Luego respira hondo y carraspea—. ¿Ha pensado en retomar los estudios?
—¿Para qué? — Estrujo la botella hasta que me caen unas gotas de agua entre los dedos y se escurren hasta el suelo—. ¿Para acabar siendo un ingeniero petrolífero de cuarenta años con una lesión cerebral? ¿Corredor de bolsa? ¿Auxiliar de odontología?
Iljana echa un vistazo al reloj de la esquina superior derecha de la pantalla y, con energías renovadas, dice lo siguiente:
—Le propongo que esperemos el resultado de la solicitud de subsidio de desempleo. Mientras tanto, buscaremos otras posibilidades para que pueda reincorporarse a la vida laboral, en un campo diferente. — Vuelve a teclear, sigue leyendo y teclea de nuevo hasta que por fin se vuelve hacia mí, satisfecha—. ¿Qué le parecería trabajar como teleoperador?

Descargar el primer capítulo de Bajo el faro

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