Primer capítulo de “Lobos de nuestro escudo” de Pedro Zarrabeitia

Lobos de nuestro escudoEn la Navarra pirenaica del siglo XVII no existía hombre alguno que desde los quince o dieciséis años, además de sus ocupaciones habituales, no fuera un experto cazador. La vida era dura en una región tan montañosa, y los oficios, escasos: leñador, carpintero, pastor, molinero, cantero, herrero y pocos más. No hace falta mencionar a clérigos y militares, tan abundantes en las grandes poblaciones como Zangoza o Pamplona, ya que ambos oficios estaban reñidos con el carácter de aquella gente, y difícilmente se podía ver por el valle de Aezkoa una sotana o un uniforme. La mayoría se ganaba la vida trabajando en el campo, cazando palomas, conejos y jabalíes y pasando contrabando por la frontera cercana.

Afortunadamente, los bosques de aquellas montañas eran inagotables, el agua abundante y la tierra fértil. Robles, hayas, abetos y encinas cubrían como un manto tupido el abrupto paisaje y abundaban los frutos silvestres y los animales más diversos. Sin embargo, pocos de aquellos cazadores se animaban a adentrarse por aquellas espesuras al caer la tarde, porque entre sus sombras se escondían las bestias más peligrosas y los genios más perversos. Se necesitaba ser un hombre especialmente fuerte y atrevido para ser cazador de osos y lobos, y, todavía más templado de espíritu, para enfrentarse con el Señor Rojo y sus enanos de largas barbas, el Jaungorri de las antiguas leyendas vascas al que los creyentes identificaban con Lucifer. No pasaba un año sin que una tragedia sacudiese el valle y sin que los rebaños de ovejas y vacas quedasen diezmados. Lobos y demonios se repartían la autoría en la mente del pueblo.

En la pequeña población de Aribe, de no más de diez caseríos y menos de cincuenta vecinos, vivía el cazador de lobos más famoso de todo el Pirineo navarro. Medía casi dos metros de altura y tenía la fuerza de varios hombres. Normalmente iba a medio afeitar y con una pelambrera larga e hirsuta de color pajizo; él mismo hubiese parecido el Jaungorri de las leyendas si no fuera por su carácter, aunque rudo y de pocas palabras, bonachón y apacible. Ahora bien, cuando se metía en el bosque se transformaba en un ser temible, especialmente si andaba detrás de un lobo asesino; entonces caminaba encorvado, con los músculos en tensión y un brillo de animal salvaje en sus ojos de color gris azulado. Su nombre era Pedro, y en el pueblo lo llamaban Pericón el Alimañero; en el pueblo y en toda la comarca, porque sus servicios eran requeridos y bien pagados desde el valle de Erronkari hasta el de Elizondo. Su obsesión era la caza del lobo; también mataba osos, zorros y jabalíes, pero lo hacía en cumplimiento de su trabajo, y a muchos de estos últimos los dejaba escapar para que los cazasen sus vecinos, ya que eran parte de su sustento. Para ellos eran como los cerdos para los pueblos del sur, un regalo de la Naturaleza, y así lo celebraban en los escudos y dinteles de sus casonas, grabando un jabalí bajo una encina. Solo unos pocos sabían la historia de esa obsesión por los lobos, de la que había hecho su forma de vida durante los últimos años, y que había dado fama a Pericón hasta convertirlo en un personaje legendario.

Primer capítulo entero (.pdf)

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