Primer capítulo de “Una tumba en Jerusalén” de José Javier Abasolo

MADRID, JULIO DE 1973

Lo primero, y prácticamente lo único, que siente el ujier de Presidencia del Gobierno que acaba de decirle al visitante que Su Excelencia le ruega que pase cuanto antes a su despacho, es alivio. No es que haya tenido mucho trato con él, a pesar de ser una visita frecuente, pero prefiere ignorarlo, no saber nada más de él. En realidad, no le ha hecho nunca ningún mal, incluso en las ocasiones en las que han coincidido, siempre se ha comportado con exquisita educación, pero algo le dice que cuanto menos sepa de él, cuanto menos trato tenga con él, mucho mejor. Además, ya le quedan pocos meses para su jubilación. Acaba de arreglar la casa de sus difuntos padres, en un pueblecito de Soria, y solo desea pasar allí sus últimos días, en paz y tranquilidad, alejado de la vorágine de la capital, y olvidarse de que una vez combatió, reclutado a la fuerza, en una guerra. Afortunadamente, lo hizo en el bando que resultó ganador y, gracias a ello, se labró una pequeña carrera como funcionario que le ha permitido, hasta ahora, vivir desahogadamente. Aunque hasta eso le gustaría olvidar. Ojalá hubiera sido un modesto mecánico en un taller de chapa y pintura o tornero en alguna fábrica. La gente piensa que estar cerca del poder es un chollo, pero cuando quien está cerca del poder es un humilde conserje, esa cercanía puede ser más un peligro que una bicoca.

De nada de eso se ha enterado el hombre que acaba de originar esos pensamientos por parte del ujier y, de haberlos conocido, tampoco le habrían importado en exceso. Como mucho, habría sonreído al percatarse de que, sin siquiera hacer ningún esfuerzo, seguía produciendo temor en quienes le conocían. Como hacía treinta años, como había ocurrido durante toda su vida.

–Excelencia –saluda al ocupante del despacho nada más penetrar en su interior, inclinando levemente la cabeza y juntando sus tacones al estilo militar.

–Adelante, Manfred, adelante. Y no seas tan ceremonioso.

¿Por qué querías verme con tanta urgencia?

El almirante Carrero Blanco, recientemente designado presidente del gobierno por el autodenominado Caudillo de España por la Gracia de Dios, Francisco Franco Bahamonde, es el único que se atreve a llamarle por su nombre auténtico, Manfred, el que le impusieron sus padres cuando nació, en Múnich, en el ya lejano año de 1915. Para todos los efectos, en la actualidad se llama Ernesto Jurado y ha nacido en Albacete, en febrero del año 1917. Habla un perfecto español y el leve acento germánico que aún conserva lo suele achacar a que sus padres, cuando él aún era un recién nacido, emigraron a Alemania y, para cuando regresó al seno de la madre patria, ya se le había pegado esa manera de hablar. Si alguien sospechó, en algún momento, que eso no era cierto, jamás osó comentarlo. No es nada inteligente ni provechoso sembrar las dudas sobre uno de los protegidos del almirante, la todopoderosa mano derecha del dictador, el hombre que controla no solo a la policía política a través del ministro de Gobernación, un títere en sus manos, sino sobre todo al SIPG, el Servicio de Información de Presidencia del Gobierno, el organismo que englobaba a la OCN, la Organización Contrasubversiva Nacional; al SECED, el Servicio Central de Documentación, y al SIAEM, el Servicio de Información del Alto Estado Mayor. Por eso, si uno de los hombres en los que más confía y se ha apoyado para manejar con mano dura todas esas organizaciones dice llamarse Ernesto Jurado y haber nacido en Albacete, a nadie en su sano juicio se le ocurrirá, jamás, llevarle la contraria.

–Está aquí, Luis, está aquí.

Carrero Blanco contempla, extrañado, a su hombre de confianza. Nunca le ha visto ponerse nervioso. Incluso puede afirmar, sin riesgo a equivocarse, que en ninguna ocasión ha perdido el control, al menos delante de él. Y si no lo pierde delante del segundo hombre más poderoso de España, parece
imposible que lo haga por culpa de cualquier otra persona. Y, sin embargo, allí está, sereno, porque ni siquiera un terremoto es capaz de hacerle temblar, pero con aspecto preocupado,  muy preocupado. El presidente del gobierno sabe que quien está en esos momentos en su despacho es uno de los hombres que llegó más joven a la cúspide de las Schutzstaffel, las temibles SS leales a Hitler y a su sueño de una Alemania racialmente pura, un puesto al que no se llegaba siendo cobarde ni pusilánime. Por eso se extraña al observar el gesto sombrío que ha aparecido en su cara mientras le hablaba.

De repente, Carrero cree entender lo que está ocurriendo.

–¿Te refieres a…? –deja sin terminar la frase.

–Sí, a mi Némesis.

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