“Una tumba en Jerusalén”, novela negra en un marco histórico especialmente sugerente

José Javier Abasolo vuelve a transitar en Una tumba en Jerusalén (Txertoa) por la senda del género negro, en el que el autor bilbaíno es toda una referencia. No obstante, en esta ocasión, enmarca la novela en un período histórico, desde la II Guerra Mundial a los últimos años del franquismo, que hace que la lectura de Una tumba en Jerusalén resulte especialmente sugerente.

Preséntenos la novela, por favor.

Durante la II Guerra Mundial, en el marco de un intento nazi por granjearse la colaboración del nacionalismo vasco, Claude Larrouy, un agente de los servicios de información del gobierno del lehendakari Aguirre en el exilio, se infiltra en la comisaría de Baiona. Desde su puesto, averigua la identidad de un grupo de oficiales de las SS que asesinan brutalmente a mujeres. Terminada la contienda, Larrouy solo tiene un objetivo: localizarlos y matarlos a todos. Y es lo que, en colaboración con el Mossad, ha hecho a lo largo de tres largas décadas. Ahora, en 1973, se encuentra en Madrid, dispuesto a acabar con el último de la lista. Pero no va a ser fácil, pues es la mano derecha en la sombra del delfín de Franco, el almirante Luis Carrero Blanco, que acaba de ser nombrado presidente del gobierno.

¿Se trata de una novela histórica?

No es una novela histórica, pero sí que es algo diferente, en el sentido de que la mayoría de mis novelas se pueden enmarcar en el género negro clásico, puro, por decirlo así, en el caso de que exista la pureza en este género, y están ambientadas en la actualidad. En Una tumba en Jerusalén, la trama sigue siendo de tipo policiaco, pero dentro de un marco histórico que, en mi opinión, la hace especialmente atractiva.

¿Por qué este cambio?

A mí me gusta mucho la historia y a veces te encuentras con personajes fascinantes. Fascinantes, no necesariamente porque sean modelos morales de nada, sino porque tuvieron que desenvolverse en las circunstancias extraordinarias que les tocó vivir. Dos de esos personajes son Eugène Goyhenetche y Jean Ybarnégaray. Muy distintos desde todo punto de vista, pero ambos vascos del otro lado del Bidasoa y coetáneos. El primero, nacionalista vasco, reputado historiador. El segundo, político de la extrema derecha francesa, que llegó a ser ministro en el gobierno colaboracionista de Pétain. Y me apeteció ponerlos en relación.

Y lo hace en el marco de un intento que realmente existió por parte de los nazis para lograr algún tipo de colaboración con el nacionalismo vasco.

Los nazis barajaron un proyecto para reordenar Europa creando estados satélites del III Reich en base a criterios que ellos consideraban étnicos. Es difícil saber hasta qué punto creían en ello o simplemente fue un señuelo para granjearse la colaboración de minorías nacionales descontentas. En ese marco, también tocaron a la puerta del nacionalismo vasco.

Y esta no se abrió.

No. Yo creo que, en el caso vasco, el intento era bastante descabellado. Por ejemplo, en Bretaña, donde había un nacionalismo de extrema derecha, o en Ucrania, donde querían separarse de la Unión Soviética, era más fácil aplicar el axioma de que el enemigo de mi enemigo es mi amigo. Pero las circunstancias en el País Vasco eran muy diferentes. Los nazis habían tenido un papel fundamental en la victoria de Franco: acababan de bombardear Gernika, por decirlo gráficamente. Además, en el gobierno de Aguirre, los nacionalistas convivían con socialistas, comunistas y republicanos, y su Servicio de Información trabajaba plenamente para los Aliados. En definitiva, no había condiciones.

Lo que no impidió que hubiese algún tipo de contactos, por los que, por cierto, el propio Goyhenetche fue sometido a juicio a final de la guerra.

Creo que los contactos no fueron más que una forma de ganar tiempo y así lo reflejo en la novela. Y Goyhenetche fue juzgado, efectivamente, pero también rehabilitado.

En todo caso, ese intento histórico no es más que la excusa para dar inicio a la trama de Una tumba en Jerusalén.

Es un poco lo que Hitchcock llamaba Macguffin. Son estos contactos los que permiten que el protagonista de la novela, Claude Larrouy, se infiltre en la comisaría de Baiona, desde donde accede a la identidad de una serie de oficiales nazis que asesinan brutalmente a mujeres. Y ahí empieza una caza que se prolonga a lo largo de tres décadas.

Hasta 1973…

Efectivamente, hasta el año en que en España, que históricamente ha sido refugio de nazis prófugos, un Franco físicamente ya muy mermado afloja las riendas y delega en su mano derecha, el almirante Luis Carrero Blanco. En este contexto desarrollo en la novela una segunda trama policiaca, relacionada lógicamente con la primera, en la que está involucrada la tristemente célebre Brigada Político-Social.

Nazis, agentes secretos, retazos de historia, resistentes, justicieros, el Mossad, policías que actúan en la mayor impunidad, Carrero, incluso ETA… Una ensalada con muchos, muchísimos ingredientes…

Solo espero haberlos aliñado adecuadamente y que el lector o la lectora encuentren la novela sabrosa.

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