Prólogo y primer capítulo de la novela “La cara norte del corazón” de Dolores Redondo

Elizondo

Cuando Amaia Salazar tenía doce años estuvo perdida en el bosque durante dieciséis horas. Era de madrugada cuando la encontraron a treinta kilómetros al norte del lugar donde se había despistado de la senda. Desvanecida bajo la intensa lluvia, la ropa ennegrecida y chamuscada como la de una bruja medieval rescatada de una hoguera y, en contraste, la piel blanca, limpia y helada como si acabase de surgir del hielo.

Amaia siempre mantuvo que apenas recordaba nada de todo aquello. Una vez que hubo abandonado el sendero, el clip en su memoria duraba solo unos segundos de imágenes repetidas una y otra vez. La vertiginosa velocidad de sus recuerdos le provocaba la sensación de un praxinoscopio de Reynaud, en el que la sucesiva repetición de estampas en movimiento terminaba por originar el efecto de absoluta inmovilidad. A veces se preguntaba si había caminado por el bosque, o quizá se había limitado a sentarse allí y a permanecer inmóvil mirando el mismo árbol durante tanto tiempo que su cerebro cayó en una especie de hipnosis, hasta grabar para siempre en su mente su silueta primitiva y maternal. Fue una mañana de domingo como otra cualquiera, en la que salió a caminar junto a su perro, Ipar, con el grupo de senderistas de Aranza al que se había unido la primavera anterior. Le gustaba el bosque, pero había accedido, sobre todo, por satisfacer a la tía Engrasi, que desde hacía meses le insistía en que tenía que salir más. Ambas sabían que no podía hacerlo por el pueblo. El último año sus itinerarios se habían ido restringiendo hasta limitarse a ir y volver de la escuela y a acompañar a la tía a la iglesia los domingos. El resto del tiempo permanecía en casa, sentada frente al fuego, leyendo o haciendo sus deberes, ayudando a la tía en la limpieza o cocinando con ella. Cualquier excusa era buena para no traspasar el umbral de la puerta. Cualquier justificación servía para no tener que enfrentarse a lo que sucedía en el pueblo.

Siempre contó que solo recordaba haber estado mirando un árbol, que no se acordaba de nada más…, aunque no era del todo cierto. En su memoria persistía el árbol, pero también la tormenta… y la casa en medio del bosque.

Cuando recobró la consciencia vio a su padre junto a la cama del hospital. El rostro pálido, el cabello mojado por la lluvia pegado a la frente. La línea roja que circundaba los párpados irritados por el llanto. Al verla abrir los ojos se inclinó protector, el rostro crispado de preocupación, pero con un incipiente alivio. Su gesto le provocó una inmensa ternura que amenazó con ahogarla de emoción.

Ella lo amó, como lo había amado siempre. Iba a decírselo, pero entonces sintió el leve roce de sus labios cálidos susurrándole al oído:
—Amaia, no se lo cuentes a nadie. Si me quieres, lo harás por mí. No lo cuentes.
Todo el amor que sentía, que había sentido siempre por él, le aprisionó el pecho hasta dolerle. Las palabras destinadas a decirle cuánto lo quería se le murieron dentro y se quedaron como un doloroso recuerdo, adheridas a sus cuerdas vocales. Incapaz de emitir un solo sonido, asintió, y su silencio se convirtió en el último secreto que le guardaría a su padre y en la razón por la que dejó de amarlo.

Primer capítulo y el prólogo de La cara norte del corazón

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