Adelanto del libro “Mal de altura” de Aingeru Epaltza

ARISTAS

El cabo Castillo detuvo al mismo tiempo su paso y el de su tropa. Lo hizo sin pronunciar palabra, limitándose a levantar la mano, como el oficial que dirige la caba-llería en los antiguos wésterns. Sin embargo, los que ascendían por la ladera no vestían casacas azules, sino camisas rojas; tras el cabo solo marchaba una persona, Ander; y ni uno ni otro sentaban sus posaderas sobre caballo alguno. No habían transcurrido ni veinticinco minutos desde que se acabó la pista y tuvieron que seguir andando. Tiempo suficiente para hacer sudar y maldecir al máximo representante del cuerpo de la Policía Foral presente en ese lugar y en ese momento.

–Explícame, Andrés –le preguntó Castillo a Ander–. ¡Explícame por qué me ha tenido que tocar esta putada la tarde de un domingo como este!

Se dirigía a su subordinado como si él fuera el culpable de que no pudieran seguir el trayecto en coche; culpable, también, de lo que veía por los prismáticos.

–Ya han llegado esos treparriscos de mierda.

Doscientos metros por encima de los dos forales, las cha-quetas naranjas de los integrantes del grupo se distinguían sobre la pedriza a la luz del último sol de mayo. Hasta un ciego podría verlos sin necesidad de catalejos.

–Antes, los bomberos voluntarios solo andaban sobrados de voluntad y de tripa –censuró el cabo–. Ahora, Andrés, vienen directos de hacer dos horas diarias de gimnasio.

Se llevó la mano hacia su abultada panza.

–Vete luego detrás de ellos en un rescate.

Escupió al suelo limpiándose el rastro húmedo de las comisuras de los labios con la manga del jersey rojo del uniforme. Lo llevaba atado a la cintura, como su joven compañero, aunque algo más caído.

–Y los peores son los de estos putos valles, Andrés. Todos medio guipuzcoanos. Cuando no están montando en bici o corriendo en carreras de montaña, andan tocándonos los cojones colgando por cualquier lado sus banderas de mierda. Gracias a Dios, en dos semanas nos los volveremos a pasar por la piedra a golpe de papeleta.

La filípica de Castillo poseía propiedades narcóticas. An-der dejó que sus ojos se empaparan del paisaje primaveral bañado en colores. La mayor parte de la perspectiva la cubrían los contrafuertes verticales de la pirámide situada a su derecha.

–¿Cómo has dicho que se llama este pedazo de roca?

El cabo había reparado en la dirección de la mirada de su subordinado. Tuvo que repetir la pregunta antes de que el joven agente respondiera.

–Balerdi.

El superior repitió, con un suspiro, “Balerdi”, como tratan-do de grabarlo en la memoria. Volvió a dirigir los prismáticos hacia las manchas de color naranja de la ladera.

–Mierda, Andrés. ¡Lo que nos faltaba!Ander apartó la mirada de la escarpadura.

Sigue leyendo la primera parte del libro (.pdf)

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