Arturo Pérez-Reverte: “Intento devolver el factor humano al discurso ideológico sobre la Guerra Civil”

Línea de fuego es la nueva novela  de Arturo Pérez Reverte, centrada la trágica batalla del Ebro. “La generación que hizo la guerra quiso poner a salvo a sus hijos y a sus nietos, procuraron no contarles lo que vivieron, mantenerlos lejos para que no se contagiaran del odio. Pero ese silencio ha tenido un efecto negativo: a la larga, se ha perdido la memoria personal de los seres humanos que combatieron, y ha quedado solo la ideología, la política, formada por las grandes palabras. Todo eso es, en mi opinión, peligroso,”, señala.

¿Qué le ha decidido a escribir, en este momento, una novela sobre la Guerra Civil?

Es cierto que hasta este momento la Guerra Civil no me había interesado como materia narrativa. Sí había leído mucho sobre este acontecimiento, pero no me había interesado escribir yo mismo sobre él. Pero creo que en los últimos tiempos algunas cosas han cambiado. Estamos asistiendo a una pérdida de la memoria de lo que ocurrió en la Guerra Civil. Los que participaron directamente en la contienda, los que supieron realmente lo que fue aquella tragedia, han desaparecido. Con esta novela intento devolver el factor humano al discurso ideológico sobre la Guerra Civil. Para que los españoles podamos entendernos, nos sintamos cercanos unos a otros y nos miremos a los ojos, tenemos que conocer la historia de los hombres jóvenes que lucharon, murieron o perdieron sus mejores años y los de su generación en ese desastre. Por eso pensé que era el momento de escribir sobre la guerra. Ahora sí. Y me puse a ello.

Usted ha trabajado con tres fuentes documentales: los testimonios familiares, la documentación y su experiencia personal.

En mi generación todavía somos testigos directos de la guerra porque hemos vivido con los que participaron en ella. Sabemos lo que ocurrió porque hemos recibido información de primera mano. A mí la Guerra Civil no me la cuentan los políticos, ni siquiera los libros. A mí me la contaron mi abuelo, mi padre, mi tío, los amigos de mi padre, mis primos. En mi familia, como en casi todas, hubo gente que luchó en ambos bandos, por eso yo tenía información directa de los dos. A esto se le añaden las numerosas lecturas: los libros, tanto ensayos como novelas, que he leído a lo largo de los años y que he releído ahora para escribir Línea de fuego. Obras de escritores contemporáneos al conflicto, como las novelas de Chaves Nogales —cuyo espíritu planea por encima de mi libro—, Rafael García Serrano, Agustín de Foxá, Ramón J. Sender, Arturo Barea, Max Aub, pero también otras escritas en todo este tiempo que ha transcurrido desde entonces hasta hoy. Y también la lectura de documentación, de memorias de combatientes que he llevado a la novela transformándolos en literatura. Todo en Línea de fuego está rigurosamente documentado. Y luego, sí, hay un tercer factor que es mi experiencia personal. De las dieciocho guerras en las que estuve, siete eran guerras civiles. Tengo un conocimiento directo de lo que es una guerra civil, porque en la guerra siempre hay una serie de elementos comunes de los que sí he participado, que son parte de mi propia biografía.

Su intención es mostrar al público lector la guerra y que él extraiga sus conclusiones. Por ello usa usted el narrador como si fuera una cámara.

Yo no quería contar al lector lo que ocurrió, no quería que sintiera que estaba asistiendo a mi interpretación de lo que fue la guerra, sino que tuviera la sensación de que al leer la novela se convertía en testigo de la contienda, sumergirle en la acción. Y para ello era necesario que tenga una ambientación temporal muy intensa, que viviera la acción en presente. Quería que el lector viese con sus propios ojos lo que ocurrió, pasearlo de la mano por el frente de batalla y que comprendiera lo que es la guerra, que sintiera el mismo miedo, el calor, el frío, el hambre, la sed que sintieron los que lucharon, que oyera silbar las balas y estallar las bombas, que se viera envuelto en el polvo. El autor no aparece para nada en el relato, no hay narrador omnisciente. Son los personajes los que hablan.

¿Por qué ha querido inventarse una unidad de mujeres que luchó en la batalla del Ebro?

Ninguna mujer republicana cruzó el Ebro en esa batalla, al menos no queda constancia de que ocurriera. De hecho, las milicianas estaban retiradas del frente hacía tiempo. Pero yo quería contar la historia de la mujer en la guerra. No la de las milicianas folclóricas que aparecían en las revistas de la época, sino la de mujeres formadas, disciplinadas, con preparación técnica… mujeres cualificadas, serias. Por eso decidí crear la Unidad de Transmisiones, para que esas mujeres pudieran intervenir en la batalla del Ebro. Pero es que, además, la mujer tenía que estar en la novela porque fue la gran perdedora de la Guerra Civil. En tres años perdió un siglo de progreso, de avances, de modernidad. Dejó de ser libre, dueña de su cuerpo y de su vida para volver a ser, otra vez, esclava sumisa de confesores, de maridos y de bienpensantes. Yo quería que en Línea de fuego hubiese mujeres que supiesen lo que se estaban jugando, que tuvieran claro que, si perdían la guerra, perderían también esos cien años de avances y de modernidad. Por eso la mujer es tan importante: si la Guerra Civil hizo muchas víctimas, la mujer fue la gran perdedora de ese desastre.

Usted subraya la diferencia entre el frente de guerra y la retaguardia.

Es que eran muy diferentes. Ver la guerra desde la retaguardia es verla de lejos. Hoy, desde la distancia, las cosas están muy claras, es indiscutible lo que sucedió: había un bando legítimo, que era la República, y uno ilegítimo, el franquista. Eso nadie lo discute. Pero a este análisis le falta el factor humano, la memoria real, y sin esto no tenemos la visión completa de lo que fue la guerra. Porque cuando te acercas a la gente, a la trinchera, no a la retaguardia, ya es distinto: ahí ves chicos que fueron obligados, que estuvieron en uno u otro bando por casualidad, que fueron reclutados para el bando republicano o el franquista solo porque estaban o vivían en un pueblo y no en otro. Al acercarte ya cambia el discurso. En lo humano, te das cuenta que no fue una guerra de cuatro generales, cuatro curas y cuatro banqueros contra el pueblo español. Fue algo muchísimo más complejo. Y para entenderlo hay que acercarse a las personas que hicieron la guerra de verdad. A los que lucharon en el frente, no en la retaguardia, en los cafés, hablando, haciendo mítines. No. Hay que conocer a los que de verdad pagaron el precio caro, duro y terrible de esa guerra.

Ha cubierto guerras civiles, ¿qué es lo peor?

Un escritor es lo que lee, más lo que vive, más lo que imagina. Mi biografía y mi experiencia como reportero me han permitido conocer al ser humano en el centro del horror. Una guerra civil es el horror enfrentado a otro horror. Entre los que participan en ella, en el frente, no hay ganadores. Una guerra civil la pierden todos. Además, en ninguna de estas guerras he conocido a nadie que luchara por la patria, por la bandera, por la religión. Luchaban por cosas inmediatas, por rencillas, por miedo, por venganza. Yo cuando era joven creía que lo peor era la maldad, pero cuando vi al ser humano de verdad me di cuenta de que el peor enemigo de la humanidad no es la maldad, sino el fanatismo y la estupidez, especialmente cuando se alían.

 

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