John Banville: “Soy un novelista, y los novelistas no tienen política, ni conciencia social, ni moral”

John Banville pronuncia certezas. Habla con sinceridad y sin miedo. Desde el aplomo de un escritor curtido y respetable, avalado por una larga trayectoria y varios premios. Le ronda el Nobel de Literatura desde hace años, y él sigue escribiendo. Sin parar, concienzudamente. Estas líneas llegan a raíz de Quirke en San Sebastián (Penguin Random House, 2021),  la última entrega de Benjamin Black, el otro yo del novelista. 

Le estoy escribiendo desde Donostia, mi ciudad. Le tengo que confesar que, a pesar de iniciar la lectura con cierta precaución, la he visto y sentido muy bien descrita. A nivel sociopolítico quizá una Donostia demasiado calmada, demasiado bonita, para la represión que vivía en los años 70.

No puedo evitar la primera pregunta: ¿Cómo y por qué decidió llevar a Quirke a Donostia?

Es muy sencillo. Pasé unos días allí hace unos años y me enamoré del lugar. Al estar un poco hastiado de la gris y monótona Irlanda de los años 50, se me ocurrió enviar a Quirke al Sur para que pasara unas pequeñas vacaciones al sol. Evidentemente, el pobre hombre no sabía lo que le esperaba en esa maravillosa costa.

Vuelven, en esta entrega, las referencias a la Irlanda de los 50, 60, 70, al abuso de poder y a la falta de moral de instituciones como la Iglesia. ¿Siente la necesidad de ajustar cuentas con la historia de su país?

Ah, me gustaría poder decir que escribí el libro movido por un afán de cruzada y por el deseo de recordar a los niños y a las jóvenes que sufrieron bajo el dominio de la Iglesia en aquellos días. Pero soy un novelista, y los novelistas no tienen política, ni conciencia social, ni moral. Nos limitamos a recopilar información para escribir un libro, y todo es relevante.

En la actualidad, ¿La Iglesia sigue teniendo tanto poder en Irlanda? ¿Se podía haber hecho algo al respecto?

No, el poder de la Iglesia se ha roto. En la década de 1990 salió a la luz una serie de terribles escándalos de épocas pasadas, y la gente se apartó de la antigua religiosidad aborrecida. Al menos, muchas personas lo hicieron. La religión sigue estando muy arraigada fuera de los centros urbanos, y sospecho que mucha gente se aferra a la máxima de que los escándalos son temporales, pero la Iglesia es eterna. No quisiera privar a nadie de su fe y no deseo insultar la religión de nadie, pero me gustaría ver a la Iglesia arruinada y convertida en un pequeño culto que sólo sigan los verdaderos creyentes.

¿Y el whisky?

¿Y el whiskey? Como ves, en Irlanda lo escribimos con “e”. Quirke es un alcohólico beba o no beba. Es su maldición; una de sus maldiciones.

Como en otras entregas de Quirke, se combina la trama policial con el relato más íntimo de los personajes protagonistas: el propio Quirke, su pasado, su matrimonio, la relación con su hija… Es algo que cuidan expresamente, tanto Banville como Black: La vida. Y las emociones. En alguna ocasión ha afirmado que la literatura es más importante que la vida. Pero sin vida no hay literatura.

Estoy seguro de que si he dicho que la literatura es más importante que la vida debo haber querido decir que lo es para mí, pero no en general. La vida es la materia de la novela; su savia vital.  No me gustan las novelas policíacas que se centran en los tecnicismos de la trama, en los procedimientos policiales o en la vida interior de los asesinos en serie. Cuando empecé a escribir novelas policíacas me prometí a mí mismo que las haría lo más verosímiles y realistas que pudiera. Por eso mis asesinos raramente reciben castigo, y Quirke y St John Strafford son unos detectives muy pobres. En la vida real, sólo se resuelve una pequeña cantidad de asesinatos.

Banville y Black afrontan la narración de la vida de formas distintas. También ha dicho que a Banville no le interesa lo que la gente hace, sino lo que la gente es, y que a Black le sucede lo contrario. ¿Con quién se siente más cómodo?

No puedo elegir entre el uno y el otro. Son escritores muy distintos y los libros que escriben son muy diferentes. Lo he dicho a menudo, pero lo repito: Black es un artesano, Banville intenta ser un artista.

¿Cómo concilia estas dos identidades literarias?

No lo hago. Están totalmente separadas. Durante treinta y cinco años trabajé en prensa, siempre en horario nocturno. Escribía durante el día y luego iba a la redacción a última hora de la tarde. Eran dos personas diferentes: el escritor durante el día en su escritorio y el segundo redactor en la redacción por la noche. Todos tenemos muchos yoes, más incluso que Fernando Pessoa.

Y, ¿cómo concilian ambos la incertidumbre pandémica que estamos viviendo?

Me siento muy culpable al decirlo, pero debo ser sincero: el aislamiento encaja muy bien conmigo, pues he estado aislado toda mi vida profesional. Además, valoro la tranquilidad del mundo en esta época. Naturalmente, lo siento mucho por los enfermos y los moribundos y por sus familias. También me preocupan las mujeres atrapadas en relaciones de maltrato y los matrimonios confinados con niños pequeños. Pero, ¿de qué sirve mi compasión? 

¿Qué va a ocurrir con Benjamin Black? ¿Seguirá escribiendo?

Sí, por supuesto. Me ocupa en los veranos. El verano me parece una estación muy aburrida y se me hace más corta escribiendo una novela policíaca.

¿Y con John Banville? ¿Tiene algo entre manos?

Sí, John Banville lleva trabajando en una novela extraordinariamente difícil desde 2016, y quién sabe cuándo la terminará. La reviso una y otra vez, y con cada revisiónn se acorta un poco. Tal vez al final se reduzca a un punto infinitamente diminuto y luego desaparezca. Si eso ocurriera, el título sería el adecuado: Las Singularidades. Atrayente, ¿verdad? 

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