Juan Lekue: “Solitude es una novela acerca de los que no consiguieron adaptarse y prosperar en la tierra prometida”

Juan Lekue (Arrigorriaga, 1964) es licenciado en Filología Inglesa. En el ámbito de la literatura, es autor de varias novelas, con las que ha obtenido diversos galardones y reconocimientos. Ahora presenta, de la mano de Txertoa, Solitude, una novela asombrosa sobre la cara B de la “conquista” vasca del Oeste de EE.UU.

Preséntenos, por favor, Solitude.

La novela cuenta la historia de Jean Claude y Lucille, naturales de Itxassou, que, como tantos otros vascos, emigraron a Estados Unidos a principios del siglo XX en busca de un futuro mejor y se vieron atrapados entre unas condiciones de vida extremas y la nostalgia del “Viejo País”. En sus páginas, el lector o la lectora va a encontrar el durísimo viaje a través del océano de los pasajeros de tercera clase y su tránsito por la isla de Ellis, con la Estatua de la Libertad a la vista, donde eran sometidos a las famosas 29 preguntas y los controles sanitarios, en medio del desconcierto, el miedo y la incertidumbre que experimentaron los más de 20 millones de personas de todas las nacionalidades que pasaron por allí. Después, apenas puesto un pie en tierra, emprendían la ruta hacia el Oeste, jalonada por hoteles vascos que siempre estaban localizados cerca de las estaciones de ferrocarril, para que los emigrantes del país que bajaran del tren, que no sabían una palabra en inglés, tuviesen una referencia.

Muchos de ellos, con frontón incluido, como el Noriega’s de Baskerfield, California, que estos días ha sido triste noticia por haber cerrado sus puertas después de 127 años de historia y que, por cierto, usted cita en la novela.

Sí, es uno de los muchos que cito circunstancialmente. Lo cierto es que estos establecimientos fueron fundamentales. Allí les proporcionaban a los recién llegados alojamiento, manutención y les buscaban un empleo, generalmente en el pastoreo. Las condiciones en que este se ejercía eran tremendas: durante ocho meses, desde el comienzo de la primavera hasta la llegada del invierno, el pastor estaba solo en el desierto o las montañas de Nevada e Idaho, con la única compañía de un rifle, dos perros y 2.000 ovejas, a las que había que atender y defender de los lobos, los coyotes, los osos, los pumas… Es aquí donde el título de la novela, Solitude, adquiere su sentido más despiadado y se funde con los sentimientos de Jean Claude.

Pero la novela incluye también un contrapunto: el Nueva York de los años 20 y 30.

He tratado de reconstruir aquel Nueva York a través de los ojos de los vascos que vivían allí… el ambiente en el barrio de Little Spain, la calle 14, los restaurantes vascos, La Bilbaína, la casa Moneo, el entonces recién creado Centro Vasco, el hotel Santa Lucía, propiedad de Valentín Aguirre, referencia ineludible para todo emigrante vasco en EE.UU. También los clubes de moda, como el Cotton Club, el Village Vanguard o el Stork Club, donde se reunían los artistas y personalidades más relevantes, como Orson Wells, Truman Capote o Charles Chaplin, que, por cierto, como es sabido, visitó Euskal Herria y está presente en varios momentos de la novela. No hay que perder de vista que aquella fue la época de la Ley Seca, del crack del 29 y sus consecuencias fatales, de ladrones de bancos míticos como Bonnie and Clyde o John Dilliger, del cine mudo y el comienzo del sonoro, del boxeo –allí cayó Uzcudun, que también aparece en la novela, ante Joe Louis–, de músicas diferentes, el ragtime, el jazz…

¿Cuál es la intrahistoria de Solitude? ¿Cómo surge?

La novela tiene su origen en el Jaialdi de Boise, capital de Idaho, cuya última edición se celebró hace cinco años. Es un festival que hoy en día tiene una gran relevancia mediática, en el que se reúnen los descendientes de emigrantes vascos, que bailan y beben y comen y escuchan y tocan música vasca. Son los hijos, los nietos, los biznietos de aquellos que, como Jean Claude y Lucille, cruzaron el Atlántico a principios del siglo XX o llegaron después, sobre todo en la década de los 60. Son los descendientes de aquellos que sufrieron, pero lograron su propósito, crearon una familia y progresaron. Sus hijos nacieron americanos y, aunque se esfuerzan por conservar sus raíces, en ellos ya no hay nostalgia del Viejo País: América es su casa. Coincidiendo con el Jaialdi, llegó a mis manos un artículo en el que se recordaba que no todos los vascos prosperaron en la nueva tierra. Muchos regresaron al Viejo País, y no precisamente como indianos enriquecidos, otros murieron y algunos, como Jean Claude, se volvieron locos en un aislamiento venenoso, caminando detrás de dos mil ovejas en una naturaleza inmisericorde. Eso me hizo sucumbir a la tentación de intentar contar esa historia, la olvidada, la doliente, la de aquellos a los que la soledad y el desarraigo convirtieron en unos deshechos. Y así fui documentándome y descubriendo la vida de los vascos que llegaban a un país que no los quería: no eran protestantes sino católicos, no sabían inglés y, lo peor, ocupaban con sus ovejas unas tierras que siempre se habían reservado para las vacas. Era un trabajo que no quería hacer nadie, y les llamaban “vascos sucios, vascos negros”. A base de tesón y esfuerzo, fueron integrándose en la sociedad americana y ganándose su respeto, pero algunos no lo consiguieron. Y es esa otra historia, la de los perdedores, la que me llamó la atención y la que merece, también, que se recuerde. Eso sí, procurando que nadie se sienta molesto.

¿Por qué habría de sentirse alguien molesto?

Yo suelo tener dificultades para titular mis novelas, quizás porque les doy demasiadas vueltas a los títulos, pero, en este caso, lo tuve claro desde el principio: Solitude. Podría haberla titulado Soledad, puesto que está escrita en castellano, o Bakardadea, porque es el euskera el idioma en el que se expresan los vascos del Oeste americano, pero en tales casos adolecería del sentido estrangulador que para el protagonista Jean Claude supone el inglés, una lengua que nunca llega a dominar, algo que, sin duda, contribuye a su aislamiento. Con el título elegido, supe que Basterretxea denominó precisamente así, Solitude, Bakardadea, al monumento al pastor vasco inaugurado en Reno en 1989. Y supe también que esa denominación generó cierta polémica. A algunos de los vascos residentes en América no les gustó; hubieran preferido un título “más neutro”, como El pastor vasco u Homenaje al pastor vasco. Comprendo que hay personas que prefieren o incluso necesitan enterrar los recuerdos dolorosos. Comprendo que en una sociedad como la norteamericana se prefieran destacar los modelos de éxito. Pero yo no quería escribir una novela sobre eso, sin que ello signifique que pretenda molestar a nadie.

¿Cómo ha sido el trabajo de documentación que, a simple vista, parece ingente?

Me dediqué a leer, investigar y contrastar datos sobre la vida de los vascos en América y, a cada paso que daba, me surgía otra dificultad. Necesitaba comprender por qué, cómo vivían, para poder hablar de Jean Claude. Y, sí, ha sido un trabajo arduo, pero también placentero. Leí todo lo que pude sobre los vapores y las condiciones en las que viajaban, qué les preguntaban y qué exámenes médicos pasaban antes de embarcar y al desembarcar, cuánto duraba el viaje en tren de punta a punta de los EE.UU., cómo vivían en el desierto con las ovejas y el carrocampo, sobre la Ley Seca, las leyes o acts del Congreso americano sobre el pastoreo, los open range, y los cupos de emigración. Y así fueron apareciendo historias que he incluido en la novela, como la de los 150 vascos que bloquearon el flujo migratorio en los muelles de Nueva York solo porque no sabían otra lengua que no fuera el euskera y nadie les entendía, la persecución implacable a una familia india acusada de haber matado a tres pastores, el caso de Ignacio Arrascada y su whiskey de contrabando o el de Domingo Malaxechevarria, el primer vasco que murió en la cámara de gas. Ha sido un trabajo muy gratificante, si bien a veces he tenido que tomar distancia, porque notaba que la historia real de los vascos emigrantes me estaba enganchando demasiado. Y yo no quería escribir un tratado de historia, que para eso están los historiadores, sino una novela.

Junto a los personajes de ficción, aparecen muchos, muchísimos, personajes históricos, vascos y no vascos…

En esta novela hay dos caminos que se cruzan continuamente: uno, cercano a la crónica, basado en hechos reales como los que acabo de citar, y otro, de pura ficción. En consecuencia, los personajes que transitan por estos caminos, tanto los históricos como los de ficción, se cruzan continuamente. Entre los personajes reales vascoamericanos, destacaría a Valentín Aguirre, digno de ser el protagonista de su propia novela. Llegó a América solo, progresó a fuerza de tesón y fundó el hotel Santa Lucía, con su agencia de viajes y su restaurante Jai Alai, este último regentado por su esposa, Benita Orbe. Tuvo una relación estrecha con el Gobierno Vasco en el exilio –el lehendakari Aguirre solía ir a comer a menudo– y fue uno de los fundadores del Centro Vasco. Pero lo que más me llamó la atención de este hombre, que sin duda llegó a ser “alguien”, es que no dejó nunca de acudir semana tras semana a los muelles de Nueva York para recibir a los vascos, también españoles, que llegaban desde Europa. Los acogía en su hotel, les daba de comer, les proporcionaba instrucciones para que pudieran empezar a manejarse, les ayudaba con los papeles, les buscaba empleo y, si iban hacia el Oeste, les acompañaba hasta el tren y hablaba con el revisor para que se asegurase de que se bajaban en la estación correcta. Su funeral constituyó un acontecimiento y el cortejo fúnebre estuvo formado por la friolera de cincuenta coches.

El papel de un personaje histórico como Ravel es fundamental en Solitude y va más allá de un simple cameo.

Sí, Ravel visitó EE.UU. y su influencia en músicos como Leonard Bernstein fue asombrosa, al igual que su vida. La novela necesitaba una música y qué música más apropiada que la de Ravel, que era de Ziburu, un pueblo cercano a Itxassou, y que arrastró hasta el final de sus días el trauma de lo vivido en la batalla de Verdún, algo que podía acercarlo a la situación anímica y psicológica de Jean Claude. Paralelamente, revisaba los cancioneros de Chaho, aita Donostia y Azkue, en busca de una canción de aquella época que Jean Claude pudiera cantar a su mujer. Elegí Adios izar ederra, cuando se la oí a Txomin Artola y Amaia Zubiria y también a Martikorena. Me parecía haberla escuchado antes, pero no sabía dónde o cuándo. Y un día en que estaba escuchando el Trio en la menor de Ravel, me di cuenta de que el arranque es el mismo de la canción. Investigué y descubrí que Ravel declaró que había compuesto su Trio en la menor a raíz de una canción que había oído a un pastor. Esa canción es sin duda Adios izar ederra e imaginé que el pastor no podía ser otro que Jean Claude. De manera que Ravel y sobre todo su propia música son personajes presentes a lo largo de toda la novela.

Desde luego, la música juega un papel fundamental en esta historia. Es significativo que en la portada aparezca el fuelle de un acordeón. Además de Adios izar ederra y Ravel, ¿qué sonidos completan la banda sonora de Solitude?

Quienes nos relatan la peripecia de Jean Claude y Lucille son su hijo Hudson y un emigrante escocés de nombre Angus. Ambos, Hudson y Angus, tocan el acordeón y se dedican a ir de hotel vasco en hotel vasco, amenizando los bailes de los fines de semana. En estos bailes hay jotas, arin-arin, fandangos y valses que se transforman en piezas de ragtime y de jazz de la mano de Duke Ellington cuando el relato se traslada a Nueva York, donde también surgen las canciones protesta de Woody Guthrie y Pete Seeger, y adquiere forma de blues con el caminar jake en la época de la Ley Seca.

¿Y qué papel juega Salinger?

J.D. Salinger es uno de mis autores favoritos. Conocía básicamente su biografía, pero no (aunque luego me he enterado de que por lo visto es vox populi) que, cuando participó en el desembarco de Normandía, llevaba en su mochila varios capítulos de El guardián en el centeno. Quién lo iba a decir, se jugaba la vida en aquella playa y, junto a la munición, portaba el embrión de la novela que, pocos años después, lo consagraría. Y decidí situarlo allí mismo, en Normandía, junto a Hudson y Angus, bajo el fuego alemán. Salinger, como es sabido, terminó alejándose del mundo y el estado de ánimo que algo así sugiere también lo emparenta con el espíritu de la novela.

La referencia literaria básica que tenemos sobre el Oeste de los vascoamericanos se la debemos probablemente a Robert Laxalt. ¿Cómo de lejos o de cerca está Solitude de sus novelas?

Está lejos y, de alguna manera, lo he explicado ya. A mi parecer, Laxalt, por ejemplo en Sweet Promised Land, trata de llenar un vacío que tiene con la tierra de su padre. Él es un hombre educado en las raíces vascas, pero es ya americano, y necesita entender por sí mismo lo que es ser vasco, de dónde venía su padre, por qué emigró a América. Relata unos hechos ciertos, un sueño hecho realidad, un triunfo. Pero a muchos otros les fue mal. Eso es Solitude.

¿Quiere añadir algo?

Pues, aunque ya sé que no es muy original, me gustaría añadir que espero y deseo que los lectores disfruten de Solitude tanto como lo he hecho yo escribiéndola.

 

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