Adelanto del libro “Sacrificio de los peces” de Carlos Egia: “Los muelles”

El sacrificio de los pecesTomás era solo tres años mayor que yo, pero todos lo veían ya como un hombre. A mí, sin embargo, me seguían tratando como a un chiquillo y me ignoraban completamente cuando él estaba delante. Es lo mismo que hacía Eli. Actuaba como si no quisiera darse cuenta de que ya no era un niño, su niño, el que había traído a Bilbao cogido de la mano. Ya había crecido lo suficiente para no tener que estar vigilado todo el día y me cansaba de sentirla encima continuamente, como si fuera un tonto de cuna. Con o sin Tomás, yo era muy capaz de valerme por mí mismo. Todos los días, y delante de sus mismas narices, le enseñaba cómo podía arreglármelas en la calle, además de sacar adelante mis estudios, aunque, la verdad, esto último lo hiciera con más pena que gloria. Lo malo es que no conseguía hacérselo comprender. Supongo que ella, como todos, solo veía lo que quería ver.

Cada tarde, Tomás me esperaba a la salida del colegio, fumando un pitillo con filtro de los que vendíamos, apoyado con mucho estilo contra la pared del patio. Mis compañeros de clase escapaban de él como del demonio. Por algo estábamos en un colegio de curas. Parecían no fiarse de alguien que llevaba pantalones largos y zapatos de cordones.

En cuanto salía por la puerta del colegio, corría a su encuentro. Llegaba a su lado, girábamos en redondo y nos lanzábamos calle abajo por Zabalbide. Tomás, a buen ritmo y con paso decidido, una mano en el bolsillo y la otra siempre ocupada con su cigarrillo. Yo, revoloteando a su alrededor, de un lado a otro y de arriba abajo, soltando mil preguntas acerca de lo que había estado haciendo durante todo el día y mirando con el rabillo del ojo la tropa de curiosos, frailes y alumnos, que nos observaban desde el muro del colegio.

Los hermanos daban la impresión de tenerle algo de respeto, pero nunca, que yo recuerde, se le acercaron para saber nada de él, y eso que los hermanos no desaprovechaban una oportunidad de meterse en la vida de los demás. De todas formas, estoy bien seguro de que no les hacía ni pizca de gracia ver todos los días a alguien como Tomás merodeando por su venerado colegio. Nosotros dos también evitábamos cualquier tipo de problema. Nos entreteníamos muy poco por allí. Procurábamos ser muy discretos. Esa era la idea, una de las obsesiones de Tomás: pasar completamente desapercibidos. No sé cómo pretendía hacerlo en aquellos días.

El capítulo entero (.pdf)

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