LA HISTORIA EN CÓMIC

Conocer el pasado para poder comprender el presente es la principal labor de quienes nos dedicamos a la docencia o a la divulgación de la Historia. Para conseguir nuestro propósito nos valemos de multitud de recursos diferentes, pero en los últimos años, hay uno de ellos que brilla con luz propia: el cómic. Pese a que aún tiene que luchar contra cierto prejuicio que lo considera un medio artístico de segundo orden, en muchos casos tan solo destinado a un público infantil o juvenil, las últimas décadas demuestran que las viñetas son una forma inmejorable de transmitir conocimientos históricos. Norma Editorial, con una larga trayectoria a sus espaldas, ha apostado con decisión por este género y su extenso catálogo de obras históricas así lo atestigua.

Ya hace más de 30 años que Art Spiegelman creó Maus y abrió los ojos al mundo sobre las posibilidades del noveno arte. Ideas complejas, reflexiones profundas, infinidad de recursos gráficos y una historia terrible muy bien narrada le valieron un Pulitzer y el inicio del reconocimiento del cómic en el ámbito cultural. Obras como Persépolis transitaron la senda abierta por Spiegelman y el cómic se convirtió en un vehículo válido para hacer memoria y para hacer Historia. En el Estado español, fue Carlos Giménez quien retrató en Paracuellos los hogares del Auxilio Social del franquismo mediante el cómic y, a pesar de las dudas iniciales, que provocaron que tuviera éxito antes en Francia, sus niños escuálidos de grandes ojos forman parte de nuestra visión de la dictadura.

El cómic, como medio, cuenta con multitud de virtudes para recrear el pasado. En primer lugar, su lenguaje híbrido, formado por imagen y texto, que combinados permiten a los autores transportarnos a cualquier momento del pasado. Desde la prehistoria, como hacen obras como los dos cómics de Mikel Begoña e Iñaket sobre su personaje Otzi, la momia del Calcolítico encontrada en Los Alpes; hasta la segunda mitad del siglo XX con obras como March, que recrea la vida del congresista John Lewis y su participación en el movimiento por los derechos civiles, o Vencidos pero vivos, que nos lleva al Chile del golpe de estado de Pinochet, los autores nos sumergen en el pasado.

El poder de la imagen, gracias al proceso de documentación que llevan a cabo los dibujantes, permite situarnos en cualquier escenario, por complejo que éste sea. En el cine, el ritmo del visionado nos viene impuesto desde fuera; y en la literatura lo basamos todo en nuestra imaginación. El cómic, en cambio, permite observar con detenimiento una escena, avanzar y volver atrás a nuestro antojo, de forma que nuestra inmersión en el pasado es mucho más completa. Buenos ejemplos de este mecanismo son los grandes escenarios bélicos, como los incluidos en la colección Las grandes batallas navales, que ya en su primer álbum, Trafalgar, nos sumerge de lleno en la cruenta batalla entre la flota británica y la hispano-francesa.

El segundo aspecto que convierte al cómic en una gran herramienta para narrar la Historia es la implicación personal de muchos de los autores. Ha sido algo muy habitual en los últimos años que guionistas y dibujantes nos hablen de su propia memoria o de la de sus familiares. Imposible no citar El arte de volar y El ala rota, el díptico guionizado por Antonio Altarriba y dibujado por Kim que relata las vidas de los padres del primero y a través de ellos la historia de España de todo el siglo XX. Sucede lo mismo con Jaime Martín y Jamás tendré 20 años, en que narra cómo vivieron sus abuelos la guerra civil y la posguerra. Otro ejemplo de este mecanismo son los álbumes de Jacques Tardi Yo, René Tardi. Prisionero de guerra en Stalag II B, donde su padre le relata sus experiencias en la Segunda Guerra Mundial. En ocasiones, es el propio autor quien narra sus vivencias, como sucede con Kim en Nieve en los bolsillos, quien a través su experiencia en Alemania retrata a la emigración española de los años 60.

 

En tercer lugar, aunque el cómic es un arte joven y a pesar de lo reciente de la presencia generalizada de cómics de temática histórica, la diversidad de propuestas y la riqueza del medio son evidentes. Encontramos desde el ensayo histórico en forma de cómic, con Los mejores enemigos como principal exponente, en una serie que narra con precisión las relaciones entre Oriente Medio y los Estados Unidos o, siguiendo su estela, La primavera de los árabes; hasta el uso de la ficción para retratar la Historia, como hacen magistralmente Daniel Torres en Picasso en la guerra civil y Vittorio Giardino con su serie Jonas Fink; pasando por la reconstrucción histórica pura de obras como El fotógrafo de Mauthausen o La vampira de Barcelona.

Conocer la historia y la sociedad de lugares desconocidos por el gran público es posible también gracias al cómic, como evidencia Katanga, del genial guionista Fabien Nury; pero al mismo tiempo podemos disfrutar de geniales ejercicios gráficos y narrativos con la historia como trasfondo, como hace Antonio Navarro en Homónimos. Las opciones son infinitas. Me remito al inicio del texto, hoy en día no hay mejor manera de conocer la Historia que leyendo cómics.

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